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Demócratas

Unos querían que los encerráramos durante dos horas dentro de las cámaras de refrigeración, ocultándoles que al final los sacaríamos y haciéndoles pensar que morirían como carnes frías. Algunos otros pedían que se les colgara de los pies con la cabeza casi tocando un charco de aguas puercas. Los menos aseguraban que lo mejor sería simplemente advertirles que si reincidían se les metería a algunos a las cámaras de refrigeración y a otros se les colgaría de cabeza, sin proporcionarles en ninguno de ambos casos agua ni alimentos hasta la muerte.
Ninguno pudo, con sus argumentos, convencer a los otros sobre el método ideal a utilizar. Un hombre propuso que se pusiera a votación; los que querían colgar y los que querían amenazar protestaron: el hombre que había hecho la propuesta pertenecía al grupo más numeroso, el de los que querían refrigerar. Así es la democracia, gritaron estos últimos. Los demás tuvieron que conformarse, así era la democracia.
Entre todos cooperaron para comprar papel, plumas y cajas de cartón. Un solitario se atrevió a decir que eso era completamente ridículo, ya se sabía que los que querían refrigerar eran más y que ellos ganarían, no tenía sentido tanto gasto inútil. De cualquier manera se hicieron las votaciones, así es la democracia.
Votaron cincuenta y dos personas, veintisiete votos para los Refrigeradores, veinte para los Colgados y seis para los Amenazantes. Los Refrigeradores festejaron abriendo algunas botellas de vino espumoso, que habían comprado para celebrar, pero que no habían mostrado para no anticiparse a los resultados y generar con ello suspicacias. Los Colgados aceptaron su derrota y felicitaron a los Refrigeradores. Los Amenazantes guardaron silencio. Uno de los votantes pidió que se repitiera el conteo. El solitario dijo que eso era aún más ridículo. Volvieron a contar: mismo resultado. El votante protestó: “suman cincuenta y tres, somos cincuenta y dos”. Los Colgados alzaron la voz: “¡Fraude, fraude, fraude!”. Los Amenazantes amenazaron con declarar nulas las elecciones. El solitario dijo que eso era tres veces ridículo, “de cualquier manera los Refrigeradores son más”. Los Colgados pidieron que se esclarecieran los hechos: “¡No a la impunidad!”
Alguien propuso que se contara la gente de cada grupo para ver cuál de ellos era el artífice del fraude. Los Refrigeradores no estuvieron de acuerdo. Tuvo que realizarse una nueva votación: vota sí o no al conteo de votantes de cada grupo. Empataron. Veintiséis votos al no y veintiséis votos al sí. Los Colgados, los Amenazantes y los Refrigeradores quedaron en silencio, sin saber qué hacer.
El solitario con el rostro enrojecido y escupiendo al hablar, volvió a utilizar la palabra “ridículo”. Utilizó más vocabulario para explicar lo que ahí había sucedido: “¡estupidez, imbecilidad!”. Les gritó tan fuerte que callaron y escucharon: “son veintiséis al sí y veintiséis al no, ¿no lo ven? El fraude fue de los Refrigeradores, que además ni siquiera lo necesitaban los muy imbéciles, y por si fuera poco, ahora olvidaron meter el voto extra, ¿no lo ven? Deben ser castigados”. Se miraron unos a otros. “Pongamos eso a votación”, propuso un espontáneo perteneciente al grupo de los Refrigeradores, y todos tuvieron que estar de acuerdo, porque, después de todo, así es la democracia.

-Yolanda Rubioceja
«El mundo y otros productos desechables»; México, 2007.

Puerta dimensional, Café Tacuba.

Puerta dimensional, Café Tacuba.

Besos

  • -Un beso que dure todo el Time line.
  • -Un beso que dure toda una coreografía.
  • -... De Béjart.
  • -La vuelta al mundo en 80 besos.
  • -Besos con estampilla postal.
  • -Besos sepias con timbre.
  • -Besos con mordida en la postdata.
  • -Mordisco con beso en la comisura del epígrafe.
  • -Besos que abrazan y abrasan.
  • -Abrazos que besen y abrasen.
  • -Brasas que besen y abracen.
  • -Abrazos que embracen y besen.

Bisiesto

Que se iba a morir un veintinueve de febrero, eso le predijeron a Bernardo cuando cumplió catorce años y dos meses de edad.
Esa tarde en el circo, por los mismos quince pesos, también le había alcanzado para saber otras cosas, como por ejemplo que en ese día funesto iba a cumplir un último deseo: fumarse un cigarrillo sin filtro, total que de cáncer ya no se iba a morir. Lo que “Etérea la Adivina” no podía comunicarle sino por veinte pesos más, era el año en que sucedería lo inevitable y quién sería el causante de su muerte. Después de muchos ruegos, aquella mujer con los ojos en blanco y vestimenta morada, le rebajó cinco pesos. Pero Bernardo no tenía cómo conseguirlos. Ya se había gastado todo el dinero de la semana en el boleto del circo y en saber cómo moriría.
Pasó varios veintinueves de febrero de años bisiestos esperando que lo mataran con una pistola muy pequeña color negro, como la que, aún en trance, “Etérea la Adivina” había descrito gracias a un chicle bomba sabor fresa-plátano que Bernardo había encontrado de último momento dentro del bolsillo de su pantalón.

Era el onceavo año bisiesto subsiguiente a la predicción. Había logrado resistirse a fumar durante toda la mañana. “Es sólo por este día”, repetía regresando el cigarrillo a la cajetilla. Una vez más estaba decidido a dejarlo. Por primera vez lo había logrado más allá del medio día. “Sólo una fumada rápida”, pensó. Apenas pudo prenderlo. Las manos le temblaban. El humo lo hizo feliz un instante. Olvidó por unos segundos que esa mañana había despertado con la certeza de que moriría. “Tras la primera bocanada, apagarlo”. Pero el pensamiento se escondió entre el humo y el sabor ácido de la nicotina, consumiéndose.
Daba la séptima fumada cuando vio aparecer y crecer sobre el cemento la sombra del asesino sujetando la sombra de una pistola…

Murió antes de alcanzar a ver a Paquito, el hijo de la vecina del tres, sujetando el arma homicida y disparando aquel chorro de agua fría que atravesó el humo directo hacia su rostro.

“Mira, pobrecito, se ve que sufría harto el Bernardo. Estuvo llorando a chorros antes de morir. Yo creo que se suicidó, y es que estaba tan solito”, concluyó Carmen al encontrarlo muerto sobre la banqueta y con un rictus de terror húmedo en el rostro.
Al principio los vecinos cooperaron para pagar algunas misas en su memoria, y hasta les alcanzó para un entierro modesto. Tras unos años, lo olvidaron.
Sólo Paco conservó por siempre la imagen de aquel hombre, cuya expresión de terror mojado seguía persiguiéndolo algunas noches.
“Paco Ramírez, el del tres, jura que cuando era niño mató a un hombre y apagó un cigarro de un solo tiro, pero nunca nadie lo ha visto manejar siquiera una pistola”, cuenta Carmen a la vecina, mientras varios niños juegan a los policías y ladrones disparándose unos a otros con pequeñas pistolas llenas de agua.

-Yolanda Rubioceja
«El mundo y otros productos desechables»; México, 2007.

Demócratas

Unos querían que los encerráramos durante dos horas dentro de las cámaras de refrigeración, ocultándoles que al final los sacaríamos y haciéndoles pensar que morirían como carnes frías. Algunos otros pedían que se les colgara de los pies con la cabeza casi tocando un charco de aguas puercas. Los menos aseguraban que lo mejor sería simplemente advertirles que si reincidían se les metería a algunos a las cámaras de refrigeración y a otros se les colgaría de cabeza, sin proporcionarles en ninguno de ambos casos agua ni alimentos hasta la muerte.
Ninguno pudo, con sus argumentos, convencer a los otros sobre el método ideal a utilizar. Un hombre propuso que se pusiera a votación; los que querían colgar y los que querían amenazar protestaron: el hombre que había hecho la propuesta pertenecía al grupo más numeroso, el de los que querían refrigerar. Así es la democracia, gritaron estos últimos. Los demás tuvieron que conformarse, así era la democracia.
Entre todos cooperaron para comprar papel, plumas y cajas de cartón. Un solitario se atrevió a decir que eso era completamente ridículo, ya se sabía que los que querían refrigerar eran más y que ellos ganarían, no tenía sentido tanto gasto inútil. De cualquier manera se hicieron las votaciones, así es la democracia.
Votaron cincuenta y dos personas, veintisiete votos para los Refrigeradores, veinte para los Colgados y seis para los Amenazantes. Los Refrigeradores festejaron abriendo algunas botellas de vino espumoso, que habían comprado para celebrar, pero que no habían mostrado para no anticiparse a los resultados y generar con ello suspicacias. Los Colgados aceptaron su derrota y felicitaron a los Refrigeradores. Los Amenazantes guardaron silencio. Uno de los votantes pidió que se repitiera el conteo. El solitario dijo que eso era aún más ridículo. Volvieron a contar: mismo resultado. El votante protestó: “suman cincuenta y tres, somos cincuenta y dos”. Los Colgados alzaron la voz: “¡Fraude, fraude, fraude!”. Los Amenazantes amenazaron con declarar nulas las elecciones. El solitario dijo que eso era tres veces ridículo, “de cualquier manera los Refrigeradores son más”. Los Colgados pidieron que se esclarecieran los hechos: “¡No a la impunidad!”
Alguien propuso que se contara la gente de cada grupo para ver cuál de ellos era el artífice del fraude. Los Refrigeradores no estuvieron de acuerdo. Tuvo que realizarse una nueva votación: vota sí o no al conteo de votantes de cada grupo. Empataron. Veintiséis votos al no y veintiséis votos al sí. Los Colgados, los Amenazantes y los Refrigeradores quedaron en silencio, sin saber qué hacer.
El solitario con el rostro enrojecido y escupiendo al hablar, volvió a utilizar la palabra “ridículo”. Utilizó más vocabulario para explicar lo que ahí había sucedido: “¡estupidez, imbecilidad!”. Les gritó tan fuerte que callaron y escucharon: “son veintiséis al sí y veintiséis al no, ¿no lo ven? El fraude fue de los Refrigeradores, que además ni siquiera lo necesitaban los muy imbéciles, y por si fuera poco, ahora olvidaron meter el voto extra, ¿no lo ven? Deben ser castigados”. Se miraron unos a otros. “Pongamos eso a votación”, propuso un espontáneo perteneciente al grupo de los Refrigeradores, y todos tuvieron que estar de acuerdo, porque, después de todo, así es la democracia.

-Yolanda Rubioceja
«El mundo y otros productos desechables»; México, 2007.

U+262D

U+262D

Puerta dimensional, Café Tacuba.

Puerta dimensional, Café Tacuba.

Dolorosísimo.

Dolorosísimo.

(via darkene)

Besos

  • -Un beso que dure todo el Time line.
  • -Un beso que dure toda una coreografía.
  • -... De Béjart.
  • -La vuelta al mundo en 80 besos.
  • -Besos con estampilla postal.
  • -Besos sepias con timbre.
  • -Besos con mordida en la postdata.
  • -Mordisco con beso en la comisura del epígrafe.
  • -Besos que abrazan y abrasan.
  • -Abrazos que besen y abrasen.
  • -Brasas que besen y abracen.
  • -Abrazos que embracen y besen.

Bisiesto

Que se iba a morir un veintinueve de febrero, eso le predijeron a Bernardo cuando cumplió catorce años y dos meses de edad.
Esa tarde en el circo, por los mismos quince pesos, también le había alcanzado para saber otras cosas, como por ejemplo que en ese día funesto iba a cumplir un último deseo: fumarse un cigarrillo sin filtro, total que de cáncer ya no se iba a morir. Lo que “Etérea la Adivina” no podía comunicarle sino por veinte pesos más, era el año en que sucedería lo inevitable y quién sería el causante de su muerte. Después de muchos ruegos, aquella mujer con los ojos en blanco y vestimenta morada, le rebajó cinco pesos. Pero Bernardo no tenía cómo conseguirlos. Ya se había gastado todo el dinero de la semana en el boleto del circo y en saber cómo moriría.
Pasó varios veintinueves de febrero de años bisiestos esperando que lo mataran con una pistola muy pequeña color negro, como la que, aún en trance, “Etérea la Adivina” había descrito gracias a un chicle bomba sabor fresa-plátano que Bernardo había encontrado de último momento dentro del bolsillo de su pantalón.

Era el onceavo año bisiesto subsiguiente a la predicción. Había logrado resistirse a fumar durante toda la mañana. “Es sólo por este día”, repetía regresando el cigarrillo a la cajetilla. Una vez más estaba decidido a dejarlo. Por primera vez lo había logrado más allá del medio día. “Sólo una fumada rápida”, pensó. Apenas pudo prenderlo. Las manos le temblaban. El humo lo hizo feliz un instante. Olvidó por unos segundos que esa mañana había despertado con la certeza de que moriría. “Tras la primera bocanada, apagarlo”. Pero el pensamiento se escondió entre el humo y el sabor ácido de la nicotina, consumiéndose.
Daba la séptima fumada cuando vio aparecer y crecer sobre el cemento la sombra del asesino sujetando la sombra de una pistola…

Murió antes de alcanzar a ver a Paquito, el hijo de la vecina del tres, sujetando el arma homicida y disparando aquel chorro de agua fría que atravesó el humo directo hacia su rostro.

“Mira, pobrecito, se ve que sufría harto el Bernardo. Estuvo llorando a chorros antes de morir. Yo creo que se suicidó, y es que estaba tan solito”, concluyó Carmen al encontrarlo muerto sobre la banqueta y con un rictus de terror húmedo en el rostro.
Al principio los vecinos cooperaron para pagar algunas misas en su memoria, y hasta les alcanzó para un entierro modesto. Tras unos años, lo olvidaron.
Sólo Paco conservó por siempre la imagen de aquel hombre, cuya expresión de terror mojado seguía persiguiéndolo algunas noches.
“Paco Ramírez, el del tres, jura que cuando era niño mató a un hombre y apagó un cigarro de un solo tiro, pero nunca nadie lo ha visto manejar siquiera una pistola”, cuenta Carmen a la vecina, mientras varios niños juegan a los policías y ladrones disparándose unos a otros con pequeñas pistolas llenas de agua.

-Yolanda Rubioceja
«El mundo y otros productos desechables»; México, 2007.

Carnaval

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